13 de junio de 2014

Santiago Bucle

  De mi infancia recuerdo algunos viajes a Santiago: el infaltable paseo por el Zoológico Metropolitano y la primera vez que vi animales salvajes en vivo, de esos que sólo pasaban por la tele los viernes en horario prime o que el Profesor Rossa dibujaba los sábados después de almuerzo; el tour histórico por La Moneda y las onomatopeyas de papá en Morandé 80: “¡Crash!... y de par en par se abrió para sacar los restos de Allende. Después Pinochet mandó a clausurarla para evitar disturbios”.

   Al principio Santiago me resultaba ajeno y distante. “Tápate la boca con la bufanda, aquí hay mucho smog”, decía mamá cada vez que nos bajábamos del bus cuando íbamos a visitar a mis tías a la capital. La ciudad inhóspita –como alguien la bautizó– no debía entrar en mí.

   Conocía Santiago, había pisado su asfalto duro, sus grandes parques y recorrido su San Cristóbal. Algunos museos y la larga Alameda que abraza egoísta y con ceño fruncido a cada santiaguino. Recuerdo a ratos el Paseo Ahumada –donde nunca vi a los Atletas de la Risa– con su zumbido eterno y sus letreros luminosos en toda su extensión. Ante tal caos no cambio por nada del mundo –manteniendo las proporciones– al paseo Aníbal Pinto y Barros Arana en Concepción con sus tulipas que poco protegen de la lluvia.

   Hace algunos días, por cuestiones que no vienen al caso, volví a la capital. Las mañanas fueron heladas y las tardes peores. Involuntario se me hizo el castañeo de las rodillas que clamaban por una frazada debajo de un pantalón delgado; más arriba la mandíbula y los brazos se me agitaban sin que pudiera hacer mucho para detenerlos.

  La cordillera estaba nevada. El smog, el mismo del que mamá antaño me había advertido, seguía ahí.

   Soy un adicto a los malls, lo reconozco. Nunca voy a comprar, pero pasear un rato rodeado de tanta gente me relaja y me divierte. Es por eso que cuando me bajé del metro en la estación Escuela Militar y vi delante de mío –a unas 15 cuadras, calculé– el imponente edificio Costanera Center no lo pensé dos veces y comencé a caminar.

   Iba solo, el grupo con el que andaba se había separado y habían acordado volver a reunirse en un bar con karaoke para finalizar la jornada. Nunca se me han dado bien las reuniones sociales, y menos cuando la principal motivación es juntarse a reír grotescamente abrazados a las botellas, por lo que seguí tranquilo y sin ningún pesar.

   La caricatura de Santiago siempre dibuja a hombres de cuello y corbata, maletín bailando en la mano y cruzando rápidamente de un edificio a otro. Las mujeres, por su parte, inciertas de su futuro, entran y salen de las boutiques cada vez con más bolsas. Entre ellos, jóvenes y escolares prepotentes y con peinados estrambóticos creyéndose “el hoyo del queque” porque viven en la capital y tienen acceso a todos los eventos que sólo llegan allá”.

   Como parte de la sátira santiaguina, no pueden faltar los lanzas mal vestidos acechando detrás de cada poste y las esquinas repletas de casinos clandestinos con máquinas de apuestas. El incesante murmullo de la gente caminando por las calles, el rugir de los motores de autos y microbuses que pelean por un lugar en el carril de la calle. Paraderos repletos con algún matinal despachando el caos del momento alimentan la imaginación de quien no conoce esa ciudad. A Santiago antes lo conocía, pero las cuadras que anduve me mostraron otra ciudad.

   Edificios en todas las esquinas y cada dos cuadras una cafería Starbucks o una panadería Castaño me recordaron a un episodio de Los Simpsons en que hacían alusión a lo mismo. Al principio me dio un poco de risa; un murmullo asomado se coló en el silencio que provoca el paso de una canción a otra en mi reproductor de música. Después de dos esquinas con lo mismo, las repeticiones comenzaron a “sonar” un poco más musical.

   A Santiago antes lo conocía, pero en un semáforo recordé lo que una vez nos dijo un profesor: “Deben escribir sobre lo visto, lo oído y lo tocado”. En ese semáforo advertí la necesidad de plasmar este bucle: había visto grandes edificios con imponentes entradas de vidrio, al paso observé cómo instalaban una puerta giratoria al puro estilo de los bancos europeos; puse atención a los cambios acústicos entre una cuadra y otra, el ambiente estaba tranquilo y no mucha gente transitaba, eran casi las 7 de la tarde y los gigantes de cemento obstaculizaban la poca luz que había. Pero hasta el momento no había tocado nada.

   Cuando me acordé del consejo del profesor dejé caer una mano para que rozara lo que pudiera. Un pilote de cemento se me atravesó en el camino: no sentí nada. Seguí caminando y lo volví a intentar, pero como un Deja vu caí otra vez en lo mismo. Las mismas esquinas y la misma sensación otra vez.

   A Santiago lo conocía… A Santiago bucle.