28 de octubre de 2013

La infinita verdad de los niños

"El problema está en esta sociedad individualista en la que sólo nos preocupamos por nosotros y no de ayudar a la comunidad"
   Nadie me explicó muy bien a qué iba a ir, no tenía referencias del lugar ni tampoco a qué tipo de gente me iba a encontrar. Sólo sabía que debía tomar un rastrillo o una pala y comenzar a mover tierra para comenzar a dar forma a un terreno vacío que actualmente era usado  como estacionamiento y en el que alguna vez hubieron juegos infantiles.
   Pasar a describir el sudoroso trabajo que significó limpiar el terreno no vale la pena, si así fuera la historia sería la misma siempre: primero nos paramos a mirar, tomamos las palas, sorbimos algunos vasos de jugo y después de terminar dijimos "anduvimos bastante bien, nos demoramos menos de lo que pensábamos". Pero hay detalles más hermoso que el cliché anterior.
   A las ocho de la mañana el despertador comienza a hacer su trabajo y dada la actividad programada no era posible zafarse. Un poco antes de las 10 ya estábamos listos para salir.
   El viaje no alcanza para mayores detalles. El campamento Monte los Olivos esperaba, dormido, a que llegáramos a saludar.
   Sin ningún protocolo que seguir y ya con las herramientas fuera del maletero del auto, no habían escusas para ponerse a trabajar. El sol en pleno y marcando cerca de las 10.30 de la mañana, la brisa lotina escondida y forzándonos a hundir en la tierra la pala para cumplir con la labor.
   Los primero -y los últimos- en llegar fueron los niños. Bordeando entre los 6 y los 12 años, ninguno se resistió a trabajar por lo que más tarde ellos mismo iban a ocupar.

 -Tío, en qué le ayudo.
-Pero no me digan tío, mejor díganme Daniel.
-Y si le decimos tío Daniel?... porque tío es de cariño.

Cariño? Podía sentir cariño por mi un niño que nunca antes me había visto? difícil, pero.. Por qué no? Si en su inocencia son capaces de crear mundos fantásticos y maravillosos, por qué no podrían incluir un afecto, por un desconocido que viene a ayudarlo? Una vez más ganan los niños.
   Nunca supe sus nombres, tampoco me dediqué a preguntar por sus edades, no me interesó cómo les iba en el colegio ni tampoco cuál de todas era su casa, porque para mi lo que ellos iban a hacer ahí era mucho más importante y trascendente. No hacía falta encasillarlos en trámite burocráticos, sólo bastaba que fueran personas, pequeñas personas listas y dispuestas a trabajar con, por y para ellos.
   A pesar de las típicas peleas de niños, los combos por no quererse prestar una pala, o los empujones porque "tu me empujaste primero" las sonrisas infinitas nunca se borraron y sus ojos brillantes les dieron la verdad que nunca iban a olvidar: hoy fueron uno más de nosotros; los ajenos, los grandes, los de afuera, los otros.