Esa mañana no esperaba que las cosas
fueran muy distintas a como lo son siempre. El pronóstico del tiempo de la
noche anterior no te advierte de estos eventos, porque ni el paraguas contra la
lluvia, o la manga corta y las gafas para repeler el sol y el calor, pueden
esquivar estos sucesos. Pero finalmente no es tan terrible y lo recibes como un
regalo, una terapia que de vez en cuando hace bien para la mente, el cuerpo y
el alma.
Jueves. Plaza de la Independencia. El
frío era penetrante y el sol apenas alcanzaba a hacer lo suyo; tanto así, que
los únicos asientos privilegiados con unos escuetos rayos de calor, estaban
repletos de extraños compartiendo el mismo asiento pero, consecuentes a la
regla, sin dirigirse palabra alguna.
A escasos metros, y mientras observaba
la prédica de una pentecostal furiosa con el mundo; una mujer opaca,
desprovista de toda gracia y sutileza al caminar, de ropas ajadas y bolsillos
vacíos, conectó su mirada con la mía. Sin apuros, y sin tomar atención a los
cánticos de la predicadora, comenzó una danza torpe que la llevó finalmente
hasta donde yo estaba.
-Estos son mis hijos – me dijo “La
callejera” para romper el hielo mientras apuntaba a unos perros que rondaban
por el lugar – andan buscando a un hermano que se les perdió, otro perro que me
cuida a mí, también.
Como si tuviéramos una cita pendiente en esta vida,
echamos raíces en la misma plaza donde comen las palomas. Un desconocido se
hacía frente a mí. La regla de oro estaba a punto de romperse, el mundo podía
entrar en un colapso cuántico, la desobediencia podría pagarse muy caro.
No quería dinero, no necesitaba ubicar una
dirección, ni tampoco referencias para encontrar a alguien; para ella yo no era
nadie, sino uno más de los “bien vestidos” que, como caballos, caminan ensimismados
en sus rutinas diarias sin atender a las citas que la vida les depara.
Surcos por los que caben ríos adornan
una sonrisa inconclusa como un cuento sin final, e imborrable en un rostro por
el que la edad avanza tres, o hasta cuatro veces más rápido de lo normal.
“No me gusta esta gente (la
predicadora), porque yo no creo en nada ni en nadie”. La callejera no tiene
techo ni mesa para el desayuno, no tiene cama que la cobije en las frías noches
penquistas, pero su convicción es clara: “Las iglesias son bonitas, pero a mí
no me ayudan”.
Su vida se estancó en un eterno domingo,
el tiempo es muerto cuando el patio y el antejardín se unen la misma
habitación; la vista es hermosa, y hay plantas por doquier, pero el sol y la
luna ya no pelean por aparecer más temprano. La inercia se hizo con ellos.
Me mira muy de cerca y, sin que se lo
pida, vaticina una edad para mí. Le yerra, pero lo ignoro.
Hace quince minutos el vivo recuerdo de
una madre diciéndole a su hijo “No hables con extraños”, era más patente que
nunca. Veinte minutos más tarde, y con momentos para la risa, el entendimiento,
el sosiego emocional, la rabia y la alegría en una misma coctelera, esa regla
se derrumbaba como torre de babel. El ideal de egoísmo se esfumaba y se iba
como agua entre los dedos, pero el mundo seguía ahí, todo continuaba en el
mismo lugar, nuestros cuerpos intactos después de comprender que hay mundo
fuera del mundo. Hay vida.
Dicen que las reglas se hicieron para
romperse, y no hay dudas de que matar a alguien sigue siendo un acto ilícito.
Mas, también es posible dar vida al romper otra, porque la regla no es de oro.