Christian
Reveco Jara, “Reveko de la Jara”
A los 20 años el mundo se le fue a negro; los ojos le comenzaron a sobrar y entendió lo que nadie quiere asumir: “La ceguera es del alma, no de los ojos”. Es ciego – le carga que le digan “no vidente” – pero, a pesar de todo, se considera una persona normal. En dos décadas autoeditó seis libros de poesía y hoy prepara una novela de la que no quiere adelantar mucho.
Callado,
aferrado a su mejor amigo y rodeado de cientos de libros que esperan por una
segunda oportunidad, está el poeta sentado en sosiego detrás de una mesa.
Frente a él, escasas copias de su última producción literaria titulada
“Eslabón perdido”, un manifiesto de alegoría a sus 20 años de oficio
literario. Las pocas copias que exhibe sobre la mesa se cansan de esperar por
alguien que las lleve y su presencia en el lugar parece un acto suicida. Gente
desesperada por encontrar a un precio más conveniente la última parte de
trilogías como “Los Juegos del Hambre” o “50 Sombras de Grey”
ignoran a quien, con los ojos fijos en algún lugar incierto, no agita su
respiración ni tiembla con la multitud que lo rodea.
Me acerco a él y
le pregunto: ¿Por qué escribe? La cantidad de respuestas a esta pregunta son
infinitas y pueden variar entre un “porque me gusta” o un desaire molesto
y el ceño fruncido con cara de “¿Vas a comprar el libro, o no?”.Pero la tómbola
de respuestas disminuye la cantidad de aciertos cuando la interrogante se
tropieza con De la Jara. “Escribo para hacer más concreta la
comunicación, escribo para subir peldaños hechos con tajadas de sandía”, me
dijo. Con esas palabras supe que frente a mí no había un poeta cualquiera.
Reveko de la
Jara nació con la firma de su primer libro hace 20 años cuando sus estudios se
complicaron y los recuerdos se le hicieron eternos. De sus tiempos de Christian
Reveco Jara (juzgue usted el porqué de su seudónimo), están todos los momentos que
hoy le permiten reconstruir su mundo. “Soy un privilegiado”, dice Reveko
buscando mi mirada en su oscuridad.
Naranjas
Partidas
Mientras
conversamos se mantiene estático; sólo el vaivén de su cuerpo acompaña las
palabras. La quietud contrasta con su poesía, que pareciese bailar al ritmo de
los sueños en technicolor que tiene todas las noches, pero que al
despertar entiende que son sólo anhelos del pasado.
Las
grandes manos de Reveko, que cargan con los quesos que vende para poder
llevar el pan a la mesa, no terminan nunca de aferrarse a su bastón. De vez en
cuando le ajusta la correa o lo recorre palpando, para asegurarse que todavía
está ahí, pero hay algo que hace click en su mente y lentamente comienza
a despegarlas para hacer un gesto con ellas.
-¿Qué
recuerda de los tiempos en que podía ver con los ojos?
-Un día que
había llovido salí a caminar comiendo una naranja, en el camino iba aventando
trozos de cáscara a los charcos de agua que habían quedado de la lluvia de la
mañana. Sin querer tiré un trozo más grande a una de las pozas y tuve que
detenerme. El ácido de la naranja se había mezclado con el agua y aparecieron
unos colores mágicos que hasta el día de hoy recuerdo cada vez que tengo una
naranja en mis manos. Si pudiera volver a ver, lo primero que pediría sería una
naranja partida.
Ojos
del alma
“Pan-pan,
vino-vino”, el hombre de las naranjas partidas no se deja tratar con
eufemismos, “me carga que me digan cieguito o no vidente”, y continúa diciendo:
“La gente cuando camina no ve en la calle a un ‘no hablante’ cuando se refiere
a un mudo, ni tampoco un ‘no caminante’ cuando ve a un minusválido”. Ante todo
prefiere reconocer que es ciego y que los ojos no le funcionan.
Para entender su
entorno, Christian debe emplear todos sus sentidos restantes; se sirve del
viento para saber cómo está el día, o se ayuda con la audición para orientar los
ojos cuando conversa con alguien. Aunque muchas veces éste “ciego todoterreno”
tiene fuertes encontrones con murallas y postes, cuando le pido que entre al
juego de la adivinación, no yerra en lo absoluto. “Tienes 21 años, eres más
alto que yo y estudias algo con comunicación”. Intrigado lo invito a que me
cuente cuál es su secreto. Naturalmente no hay ninguno: la sombra que proyecto
y los cambios de viento que se producen cuando me muevo, más lo que él llama
“cadena del habla” (cómo hilamos las palabras, los acentos que utilizamos en
los discursos, y otros detalles del paralenguaje), con un poco de atención
debieran ser suficientes para cualquiera. Hay más ojos que los que se posan
sobre la nariz.
La
ciudad que habla
Como la
movilidad de Reveko, reconoce, es lenta, su día comienza a las seis de la
mañana, con tiempo suficiente para trabajar en su literatura hasta cerca de las
ocho. Después de eso sale de su casa en Penco para llegar a Concepción a vender
sus quesos, participar en charlas o, simplemente, para buscar la inspiración en
galerías para alimentar los recuerdos de los años en que todavía podía ver.
Christian camina
por la ciudad guiado por los ambientes y la “red de cordialidad” que ha creado
a través de los años; en ella participan heladeros y vendedores ambulantes que
ya lo conocen. “Sé que he llegado a la Intendencia porque en las mañanas hay
chicos tocando música clásica (...) La ciudad me habla con sus olores y sus
vientos que no en todas las esquinas son iguales”.
Una
vida normal
Durante la
conversación Reveko se atrevió a afirmar una verdad que nunca antes había
reconocido, “Soy un tipo normal”. Más allá de su discapacidad, De la Jara no ha
truncado jamás sus versos, ni se considera una persona solitaria. “La ceguera
es una cuestión con la que aprendes a vivir, hoy la entiendo como un regalo”.
Los días del
poeta se pasan entre conversaciones con amigos, cervezas con queso y aceitunas
y buena música. No cuesta imaginarlo sentado en un sofá con la cabeza entregada
a “unos buenos jazz”, siguiendo el beat con el pie y esbozando una
sonrisa después de saber que la pega del día está hecha: tirar la mochila vacía
con todos los quesos vendidos y aplaudir porque vendió otro libro.
25 de Abril de 2013